La derrota de Ecuador ante Costa de Marfil dejó mucho más que tres puntos perdidos. Dejó una sensación incómoda, una sensación que muchos aficionados ya venían percibiendo desde hace meses pero que el Mundial terminó exponiendo sin filtros: esta selección tiene talento para mucho más de lo que está mostrando.
Y eso es precisamente lo que más preocupa.
Porque probablemente estamos ante una de las generaciones más talentosas que ha tenido el fútbol ecuatoriano. Moisés Caicedo, Willian Pacho, Piero Hincapié, Kendry Páez, John Yeboah, Nilson Angulo, Joel Ordóñez y varios nombres más conforman una base que, individualmente, parece superior a la de muchas selecciones ecuatorianas que consiguieron logros históricos.
Sin embargo, el fútbol no se gana por nombres. Se gana por decisiones.
Y ahí aparece inevitablemente el nombre de Sebastián Beccacece.
Durante más de un año se construyó una narrativa alrededor de la invencibilidad de Ecuador. Los números parecían respaldar al entrenador argentino: una larga racha sin derrotas desde septiembre de 2024. Pero detrás de esa estadística existía una realidad menos espectacular. Muchos de esos resultados fueron empates, partidos discretos y actuaciones que terminaron maquilladas por el simple hecho de no perder.
El Mundial es otro escenario.
Aquí no basta con sumar empates ni con sobrevivir. Aquí las falencias aparecen rápidamente.
Costa de Marfil presentó exactamente el tipo de partido que Ecuador debía esperar en una Copa del Mundo: una selección física, intensa y con centrales poderosos. Ante ese contexto parecía lógico apostar por un delantero de área como Jordy Caicedo, capaz de pelear cada balón aéreo y desgastar a la defensa rival.
Sin embargo, Beccacece optó por Enner Valencia.
Y aquí es importante ser claros: Enner es una leyenda del fútbol ecuatoriano. Probablemente el mejor delantero que ha tenido la selección. Pero no todos los partidos son para todos los jugadores. Este parecía uno de esos encuentros donde las características del rival exigían otra solución táctica.
Las decisiones posteriores fueron incluso más difíciles de comprender.
Al minuto 62, con el marcador empatado 0-0 y con Ecuador necesitando encontrar caminos para ganar el partido, la respuesta del cuerpo técnico fue ingresar a Jackson Porozo. Un defensor más.
No cualquier defensor, además. Un jugador que ya había mostrado en amistosos recientes que atraviesa un momento muy lejos del nivel que exige una Copa del Mundo.
El mensaje fue claro: el miedo a perder era más fuerte que la ambición de ganar.
Como si eso no fuera suficiente, Ecuador terminó sacrificando profundidad ofensiva en las bandas para introducir a Ángelo Preciado, un lateral derecho, en una posición donde el equipo necesitaba desequilibrio y creatividad.
Las consecuencias llegaron inevitablemente.
Costa de Marfil no estaba siendo especialmente peligrosa en ataque. De hecho, durante varios pasajes parecía un equipo con dificultades para finalizar sus jugadas. Pero Ecuador cometió errores de posicionamiento defensivo y terminó concediendo un contragolpe que acabó en el único gol del partido.
Incluso antes de ese tanto, la selección ya había sido salvada en varias ocasiones por Hernán Galíndez, quien terminó siendo uno de los mejores futbolistas ecuatorianos del encuentro.
Y cuando tu arquero es figura en un partido donde se supone que debes imponer condiciones, algo está fallando.
Es cierto que Ecuador tuvo oportunidades. Dos remates al palo y una ocasión clara desperdiciada por Enner Valencia pudieron cambiar la historia. Pero los Mundiales no premian las intenciones ni los «casi». Premian a los equipos capaces de transformar sus momentos favorables en victorias.
Y Ecuador no lo hizo.
Pero quizás el problema más profundo va más allá de los cambios o de una alineación puntual.
La selección sigue mostrando una carencia que arrastra desde hace años: no tiene un futbolista que organice el juego.
No existe un jugador que haga la pausa, que entienda cuándo acelerar y cuándo enfriar el partido. No hay un conductor capaz de distribuir el balón con criterio, conectar líneas y generar situaciones claras de peligro de manera constante.
Ecuador corre mucho, lucha mucho, compite físicamente pero le cuesta enormemente jugar al fútbol cuando debe construir desde la posesión.
Por momentos la Tricolor parece depender exclusivamente de acciones individuales, pelotas largas o transiciones rápidas. El resultado es un equipo predecible, sin imaginación y con enormes dificultades para romper defensas organizadas.
Es un fútbol soso, es un fútbol ineficaz, y lo más frustrante es que se desarrolla con una generación que debería estar ofreciendo mucho más.
Por eso el debate ya no gira únicamente alrededor de un partido.
El verdadero debate es si esta selección está siendo aprovechada correctamente.
Porque es perfectamente válido preguntarse si con otro entrenador, otra filosofía y una mentalidad más ambiciosa este grupo podría alcanzar un nivel muy superior.
Sebastián Beccacece ha sido cuestionado desde su llegada y probablemente seguirá siendo cuestionado. No necesariamente por los resultados, sino por una propuesta excesivamente cautelosa para una selección que posee talento suficiente para asumir riesgos y ser protagonista.
Las mejores actuaciones de Ecuador a lo largo de su historia llegaron cuando la selección creyó en sí misma. Cuando salió a competir sin miedo. Cuando intentó imponer condiciones.
Hoy da la sensación de que esta Tricolor juega condicionada por el temor a equivocarse.
Todavía queda Mundial por delante, todavía existe margen para corregir.
Pero si Ecuador quiere aprovechar una generación que tiene condiciones para convertirse en la mejor de su historia, deberá liberarse de muchas de las limitaciones que mostró en su debut.
Porque talento hay de sobra, lo que sigue faltando es una idea futbolística capaz de explotarlo.



