Mucho antes de que Lionel Messi, Kylian Mbappé o Luka Modrić levantaran el actual trofeo de la Copa del Mundo, existió otro que se convirtió en el símbolo más codiciado del planeta. Se llamaba Jules Rimet y, durante más de cuatro décadas, representó el sueño de cada selección campeona.
Pero su historia terminó lejos de los estadios. La copa fue robada en dos ocasiones, protagonizó uno de los episodios más insólitos del deporte gracias a un perro llamado Pickles y, años después, desapareció para siempre en Brasil. Hasta hoy, nadie sabe con certeza dónde terminó uno de los objetos más valiosos en la historia del fútbol.
La FIFA presentó el trofeo en 1930, cuando se disputó el primer Mundial en Uruguay. Originalmente se llamó «Victoria», pero en 1946 fue rebautizado como Jules Rimet en homenaje al presidente francés que impulsó la creación de la Copa del Mundo. La estatuilla, diseñada por el escultor francés Abel Lafleur, medía cerca de 35 centímetros, pesaba aproximadamente 3,8 kilogramos y estaba elaborada en plata esterlina recubierta de oro, con una base de lapislázuli. Representaba a Niké, la diosa griega de la victoria.
En marzo de 1966 ocurrió lo impensado. A pocos meses del Mundial de Inglaterra, el trofeo era exhibido en el Westminster Central Hall de Londres, mientras los guardias vigilaban otras áreas del edificio, un ladrón rompió la vitrina y escapó con la Copa del Mundo. Scotland Yard desplegó una investigación nacional, miles de policías participaron en la búsqueda y la FIFA temía que el Mundial comenzara sin su máximo símbolo.
Siete días después ocurrió algo digno de una película. David Corbett paseaba a su perro Pickles por un barrio del sur de Londres cuando el animal comenzó a olfatear un paquete envuelto en papel periódico escondido bajo un automóvil. Dentro estaba la Copa Jules Rimet. Pickles pasó de ser un perro común a una celebridad mundial. Recibió medallas, apareció en televisión, protagonizó películas y hasta asistió al banquete oficial tras el Mundial de Inglaterra.
Paradójicamente, quien encontró el trofeo más importante del planeta no fue un detective, sino un perro mestizo.
En 1970, Brasil derrotó 4-1 a Italia en la final disputada en el Estadio Azteca y conquistó su tercer Mundial. Según las reglas de la FIFA vigentes en ese momento, la primera selección que ganara tres Copas del Mundo conservaría el trofeo original de manera permanente.
Así, la Jules Rimet viajó definitivamente a Río de Janeiro para ser exhibida en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), parecía haber encontrado su hogar definitivo pero apenas trece años después volvería a desaparecer.
En diciembre de 1983, varios delincuentes ingresaron a la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, la vitrina estaba protegida únicamente por un cristal y una estructura de madera, los ladrones rompieron el exhibidor y escaparon con la Jules Rimet.
Esta vez no hubo ningún Pickles que la encontrara.
Las investigaciones condujeron a varios sospechosos, algunos fueron condenados y la principal hipótesis sostiene que el trofeo fue fundido para vender el oro en el mercado negro. Sin embargo, nunca apareció una prueba definitiva.
La Copa Jules Rimet jamás fue recuperada.
Tras el triunfo brasileño en 1970, la FIFA ya había encargado un nuevo diseño para los siguientes Mundiales. El escultor italiano Silvio Gazzaniga creó el trofeo que hoy conocen millones de aficionados: dos figuras humanas sosteniendo el planeta sobre sus cabezas. A diferencia de la Jules Rimet, el reglamento actual establece que ninguna selección puede conservar el trofeo original de forma permanente. Los campeones lo levantan durante la ceremonia y posteriormente reciben una réplica oficial.
La Copa Jules Rimet sobrevivió a guerras, viajes transatlánticos, finales inolvidables y generaciones enteras de futbolistas. Sin embargo, no pudo escapar de la codicia. Fue robada en Inglaterra, rescatada por un perro que pasó a la historia y, años después, desapareció para siempre en Brasil. Hoy, su paradero sigue siendo uno de los grandes misterios del deporte mundial, una leyenda que demuestra que, a veces, la historia más increíble de un Mundial ocurre lejos del césped.



